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(2) Y cuando regresó Saúl de perseguir a los filisteos, le dieron la noticia de que David estaba en el desierto de En-gadi.
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(3) Entonces Saúl escogió a tres mil hombres de todo Israel y fue a buscar a David y sus hombres por las peñas más escarpadas.
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(4) En su camino llegó a unos rediles de ovejas, cerca de los cuales había una cueva en la que estaban escondidos David y sus hombres.
Saúl se metió en ella para hacer sus necesidades,
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(5) y los hombres de David le dijeron a éste:
—Hoy se cumple la promesa que te hizo el Señor de que pondría en tus manos a tu enemigo.
Haz con él lo que mejor te parezca.
Entonces David se levantó, y con mucha precaución cortó un pedazo de la capa de Saúl;
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(6) pero después de hacerlo le remordió la conciencia,
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(7) y les dijo a sus hombres:
—¡El Señor me libre de alzar mi mano contra mi señor el rey! ¡Si él es rey, es porque el Señor lo ha escogido!
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(8) De este modo refrenó David a sus hombres y no les permitió atacar a Saúl, el cual salió de la cueva y siguió su camino.
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(9) Pero en seguida David salió de la cueva tras él, y le gritó:
—¡Majestad, Majestad!
Saúl miró hacia atrás, y David, inclinándose hasta el suelo en señal de reverencia,
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(10) le dijo:
—¿Por qué hace caso Su Majestad a quienes le dicen que yo busco su mal?
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(11) Su Majestad ha podido comprobar que, aunque el Señor puso hoy a Su Majestad en mis manos allá en la cueva, yo no quise matar a Su Majestad, sino que le perdoné la vida, pues me dije que si Su Majestad es rey, es porque el Señor lo ha escogido.
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(12) «Mire bien Su Majestad lo que tengo en la mano: es un pedazo de la capa de Su Majestad, a quien bien podría haber matado.
Con eso puede darse cuenta Su Majestad de que yo no he pensado en hacerle daño ni en traicionarlo, ni tampoco le he faltado.
Sin embargo, Su Majestad me persigue para quitarme la vida.
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(13) ¡Que el Señor juzgue entre nosotros dos, y me vengue de Su Majestad! Por lo que a mí toca, jamás levantaré mi mano contra Su Majestad.
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(14) Un antiguo refrán dice: “La maldad viene de los malvados”;
por eso yo jamás levantaré mi mano contra Su Majestad.
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(15) Además, ¿tras de quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién está persiguiendo? ¡A mí, que soy como un perro muerto, o como una pulga!
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(16) Por lo tanto, que el Señor decida y juzgue entre nosotros dos;
¡que sea él quien examine mi causa y me defienda de Su Majestad
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(17) Cuando David terminó de hablar, Saúl exclamó:
—¡Pero si eres tú, David, hijo mío, quien me habla!
Y echándose a llorar,
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(18) le dijo:
—La razón está de tu lado, pues me has devuelto bien a cambio del mal que te he causado.
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(19) Hoy me has demostrado que tú buscas mi bien, pues habiéndome puesto el Señor en tus manos, no me mataste.
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(20) En realidad, no hay nadie que, al encontrar a su enemigo, lo deje ir sano y salvo.
Por lo tanto, ¡que el Señor te pague con bien lo que hoy has hecho conmigo!
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(21) Ahora me doy perfecta cuenta de que tú serás el rey, y de que bajo tu dirección el reino de Israel habrá de prosperar.
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(22) Júrame, pues, por el Señor, que no acabarás con mis descendientes ni borrarás mi nombre de mi familia.
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(23) David se lo juró a Saúl, y después Saúl regresó a su palacio, en tanto que David y los suyos se fueron a la fortaleza.