Los filisteos desconfían de David

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Los filisteos reunieron todas sus tropas en Afec, en tanto que los israelitas acamparon en el manantial que está en Jezreel.
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Y cuando los jefes filisteos avanzaban por compañías y batallones, David y sus hombres marchaban con Aquís en la retaguardia.
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Entonces los jefes filisteos le preguntaron a Aquís:
—¿Qué hacen aquí estos hebreos?
Aquís les respondió:
Éste es David, que era oficial de Saúl, rey de Israel.
Pero ha estado conmigo durante algunos años, y desde el día que se pasó a mi lado hasta hoy no he encontrado en él ninguna falta.
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Pero los jefes filisteos se enojaron con Aquís, y le dijeron:
Pues ordénale que se vaya al lugar que le has dado y que no nos acompañe en la batalla;
no sea que se convierta en nuestro enemigo en medio del combate.
¡La mejor manera que él tendría de quedar bien con su señor sería presentándole las cabezas de estos soldados!
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¡Éste es el mismo David de quien cantaban en las danzas: “Mil hombres mató Saúl, y diez mil mató David”!
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Entonces Aquís llamó a David y le dijo:
—¡Tan cierto como que el Señor vive, que tú eres un hombre recto! Y me ha gustado mucho la forma en que te has portado en el campamento.
No he encontrado nada malo en ti desde el día en que viniste a verme.
Pero no les caes bien a los jefes filisteos,
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así que regresa ahora tranquilo, para no hacer nada que les desagrade.
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David le contestó:
—¿Qué he hecho yo? ¿Qué ha visto en mí Su Majestad en todo este tiempo, que no me deja luchar contra sus enemigos?
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Aquís respondió:
—Yo estoy seguro de que eres tan bueno como un ángel de Dios, pero los jefes filisteos han decidido que no entres con nosotros en la batalla.
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Por lo tanto, tú y los servidores de tu señor que han venido contigo se levantarán mañana, en cuanto amanezca, y emprenderán el regreso.
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Así pues, David y sus hombres se levantaron al día siguiente por la mañana y regresaron al país filisteo, mientras que los filisteos avanzaban hacia Jezreel.