La espada del Señor

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(6) Entonces el Señor se dirigió a mí, y me dijo:
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(7) «Tú, hombre, vuélvete hacia Jerusalén y dirige tu palabra contra su templo.
Habla en mi nombre contra el país de Israel,
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(8) y dile: “Esto dice el Señor: Yo me declaro tu enemigo.
Voy a sacar mi espada, y mataré lo mismo a justos que a pecadores.
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(9) Sí, voy a sacar mi espada para matar a todos por igual, a justos y a pecadores, desde el norte hasta el sur.
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(10) Y todo el mundo sabrá que yo, el Señor, he sacado la espada y no la voy a guardar.”
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(11) »Y tú, hombre, llora amargamente y con el corazón hecho pedazos;
llora delante del pueblo.
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(12) Y si acaso te preguntan por qué lloras, diles que es por la noticia de algo que está a punto de suceder, y que todo el mundo se quedará sin ánimo y dejará caer los brazos;
nadie tendrá valor, a todos les temblarán las rodillas de miedo.
Ya llega el momento, ya va a suceder.
Yo, el Señor, lo afirmo
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(13) El Señor se dirigió a mí, y me dijo:
9
(14) «Tú, hombre, habla en nombre mío y di que yo, el Señor, te he ordenado decir:
»“¡La espada, la espada!
Ya está afilada y pulida.
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(15) Afilada para hacer una matanza,
pulida para lanzar rayos;
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(16) la hicieron pulir para que uno la empuñe.
La espada está afilada y pulida,
para ponerla en la mano del asesino.
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(17) Y tú, hombre, ¡grita, chilla,
porque está destinada a matar a mi pueblo,
a todos los gobernantes de Israel!
Están condenados a morir con mi pueblo,
así que date golpes de dolor.
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(18) Yo, el Señor, lo afirmo.”
14
(19) »Tú, hombre, habla en nombre mío;
incita a la espada a que hiera
con el doble y el triple de furor.
Es una espada para matar,
la terrible espada de la matanza
que amenaza al pueblo por todas partes.
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(20) Ella los va a llenar de miedo,
va a hacer muchas víctimas.
En todas sus casas
he puesto la espada asesina.
Es la espada pulida para lanzar rayos,
afilada para la matanza.
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(21) ¡Afilada te quiero,
a la derecha, a la izquierda,
cortando a uno y otro lado!
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(22) Yo también la voy a incitar
hasta que mi ira se calme.
Yo, el Señor, lo he dicho
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(23) El Señor se dirigió a mí, y me dijo:
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(24) «Traza dos caminos, para que el rey de Babilonia pase con su espada.
Los dos caminos deben salir del mismo país, y al comienzo de cada camino deberás poner una señal que diga a qué ciudad lleva.
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(25) Debes trazar un camino por donde pase el rey con la espada.
Las ciudades son Rabá de los Amonitas y Jerusalén, la ciudad fortificada de Judá.
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(26) El rey de Babilonia se ha colocado donde comienzan los dos caminos, y consulta a la suerte: revuelve las flechas, consulta a sus dioses, examina hígados de animales.
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(27) En la mano derecha le salió la flecha que señala a Jerusalén, y ello significa que debe atacarla con instrumentos de asalto y dar órdenes de matanza, lanzar gritos de guerra, atacar sus puertas, construir una rampa y rodearla por completo.
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(28) Pero a la gente de Jerusalén le parece que ésta es una falsa profecía, por las alianzas que han hecho.
Pero en realidad es una acusación contra el pecado de ellos, y un anuncio de su captura.
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(29) Por eso yo, el Señor, digo: Las maldades y los crímenes de ustedes saltan a la vista;
los pecados que cometen en todas sus acciones están al descubierto.
Por eso van a ser capturados.
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(30) Y a ti, rey de Israel, criminal malvado, se te acerca el momento de recibir el castigo final.
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(31) Yo, el Señor, digo: Te quitarán el turbante, te arrebatarán la corona, y todo será diferente.
¡Llegue a la cumbre lo que está en el llano, y caiga por tierra lo que está en la cumbre!
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(32) Todo lo dejaré convertido en ruinas, ruinas y más ruinas.
Pero esto sólo sucederá cuando venga aquel a quien, por encargo mío, le corresponde hacer justicia.


Castigo de los amonitas

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(33) »Tú, hombre, habla en mi nombre y diles de mi parte a los amonitas que insultan a Israel, que la espada ya está desenfundada: lista para matar y pulida para lanzar rayos y destruir.
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(34) Sus visiones son falsas, y sus predicciones son mentira.
La espada caerá sobre el cuello de esos malvados criminales.
Ya se acerca el momento de su castigo final.
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(35) »¡Espada, vuelve a tu funda! Yo te voy a juzgar allí donde te forjé, en la tierra en que naciste,
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(36) y descargaré sobre ti mi ira como un incendio terrible;
te entregaré en poder de gente brutal y destructora.
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(37) Serás quemada, destruida;
tu sangre correrá por todo el país y nadie volverá a acordarse de ti.
Yo, el Señor, lo he dicho