Job

1-2
¡Ojalá pudiera yo volver a aquellos tiempos
en que Dios me protegía!
3
Cuando él me iluminaba con su luz
y yo podía andar en la oscuridad;
4
cuando yo estaba en plena madurez
y Dios cuidaba de mi hogar;
5
cuando el Todopoderoso estaba a mi lado
y mis hijos me hacían compañía;
6
cuando la leche corría por el suelo
y el aceite brotaba de las rocas;
7
cuando yo tomaba asiento
en el lugar de reunión de la ciudad.
8
Los jóvenes, al verme, se hacían a un lado
y los ancianos se ponían de pie.
9
Aun los hombres importantes dejaban de hablar
y hacían señas de guardar silencio.
10
Los gobernantes bajaban la voz;
se les pegaba la lengua al paladar.
11
La gente, al verme o escucharme,
me felicitaba y hablaba bien de mí,
12
pues yo socorría al huérfano y al pobre,
gente a la que nadie ayudaba.
13
El que estaba en la ruina me daba las gracias;
mi ayuda era a las viudas motivo de alegría.
14
La justicia y la honradez eran parte de mí mismo:
eran mi ropa de todos los días.
15
¡Yo era ojos para el ciego
y pies para el lisiado,
16
padre de los necesitados
y defensor de los extranjeros!
17
Yo les rompía la quijada a los malvados
y les quitaba la presa de los dientes.
18
Yo pensaba: «Mis días serán tantos como la arena;
moriré anciano y en mi propio hogar.
19
Soy como un árbol plantado junto al agua,
cuyas ramas baña el rocío de la noche.
20
Mi esplendor se renovará conmigo,
y no me faltarán las fuerzas
21
Todos me escuchaban
y esperaban en silencio mis consejos.
22
Después de hablar yo, ninguno replicaba.
Mis palabras caían gota a gota sobre ellos,
23
y ellos las esperaban ansiosos,
como se espera la lluvia en tiempo de calor.
24
Cuando yo les sonreía, apenas lo creían,
y no dejaban de mirar mi rostro alegre.
25
Yo establecía mi autoridad sobre ellos
y decidía lo que ellos debían hacer,
como un rey al frente de sus tropas.
Cuando estaban tristes, yo los consolaba.