La amistad de David y Jonatán

1-3
Saúl ya no dejó que David volviera a su casa, sino que lo mantuvo cerca de él, de modo que Jonatán se hizo muy amigo de David.
Tanto lo quería Jonatán que, desde ese mismo día, le juró que serían amigos para siempre, pues lo amaba como a sí mismo.
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En prueba de su amistad, Jonatán le dio a David su ropa de príncipe, junto con su arco y su espada con todo y cinturón.
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Siempre que Saúl enviaba a David a luchar contra los filisteos, David salía victorioso.
Por eso Saúl lo puso como jefe de sus soldados.
Esto le gustó mucho a todo el pueblo, y también a los otros jefes del ejército de Saúl.


Saúl tiene envidia de David

6-9
Sin embargo, desde el día en que David mató a Goliat, Saúl comenzó a tener mucha envidia de David.
Y es que cuando el ejército regresó de la batalla, las mujeres salieron a recibir al rey y en sus danzas y cantos decían:
«Saúl mató a mil soldados,
pero David mató a diez mil».
Al oír tales cantos, Saúl se enojó mucho y pensó: «A David le dan diez veces más importancia que a mí.
¡Ahora sólo falta que me quite el trono
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Al día siguiente, mientras David tocaba el arpa, Dios envió a un espíritu malo para que atormentara a Saúl.
Entonces Saúl se puso como loco dentro del palacio, y como tenía una lanza en la mano,
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se la arrojó a David con la intención de dejarlo clavado en la pared.
Pero David logró quitarse a tiempo dos veces.
12-15
Saúl le tenía miedo a David, pues se daba cuenta de que Dios lo cuidaba y lo ayudaba a ganar las batallas, mientras que a él lo había abandonado.
Entonces Saúl envió a David al campo de batalla y lo puso al frente de mil soldados.
David ganó todas las batallas que sostuvo, porque Dios lo ayudaba.
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En todo Israel y Judá querían mucho a David porque él era su líder.
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Un día, Saúl le dijo a David: «Mira, te voy a dar como esposa a mi hija Merab.
Lo único que te pido es que seas valiente y que, en el nombre de Dios, salgas al frente del ejército en las batallas».
En realidad, lo que Saúl quería era que mataran a David.
Por eso pensaba: «En lugar de que lo mate yo, que lo maten los filisteos».
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Pero David le contestó: «Ni mi familia ni yo merecemos ser parientes del rey».
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Llegó el día en que Merab debía casarse con David, pero Saúl se la dio como esposa a Adriel de Meholá.
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Sin embargo, Mical, la otra hija de Saúl, estaba enamorada de David.
Cuando Saúl lo supo, se puso muy contento,
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pues pensó: «Si David quiere casarse con Mical, tendrá que luchar contra los filisteos para ganársela.
Y allí los filisteos lo matarán».
Entonces le dijo a David: «Hoy mismo te casarás con mi hija».
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Además, Saúl le ordenó a sus ayudantes: «Hablen a solas con David, y díganle que mis ayudantes y yo lo queremos mucho;
que acepte ser mi yerno
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Los ayudantes del rey regresaron para hablar con David, pero él les dijo: «Yo no soy más que un hombre pobre y sin importancia.
¿Cómo pueden pensar que llegaré a ser yerno del rey?»
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Los ayudantes del rey fueron y le dijeron a Saúl lo que David pensaba,
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y Saúl les dijo:
«Díganle a David que no quiero que me dé nada por mi hija.
Lo que quiero es que me traiga la prueba de que mató a cien filisteos.
Quiero vengarme de ellos».
En realidad, Saúl quería que los filisteos mataran a David.
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A David le pareció bien lo que el rey pedía, y antes de que se cumpliera el plazo
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fue con sus hombres y mató a doscientos filisteos, y le llevó a Saúl la prueba que le había pedido.
Entonces Saúl le dio como esposa a su hija Mical, y así David llegó a ser parte de la familia del rey.
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Cuando Saúl comprobó que Dios protegía a David, y que su hija Mical en verdad lo amaba, le dio mucho miedo.
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Por eso llegó a odiar a David y se convirtió en su enemigo de toda la vida.
30
Siempre que los jefes de los filisteos peleaban contra los israelitas, David mostraba ser más astuto que todos los asistentes y consejeros de Saúl, y ganaba las batallas.
Por eso cada vez se hacía más famoso.