1
De este modo se terminaron todos los trabajos que Salomón mandó hacer para el templo de Dios.
Después llevó todos los utensilios de oro y de plata que su padre David había dedicado para Dios, y los guardó en el lugar donde estaban los tesoros del templo de Dios.


Salomón lleva el cofre del pacto al templo (1 R 8.1-9)

2
El rey Salomón se reunió con los líderes de Israel, los jefes de las tribus y la gente más importante de las familias israelitas.
Salomón quería que todos estuvieran presentes cuando se llevara el cofre del pacto de Dios desde la parte antigua de Jerusalén hasta el templo.
3
Esto ocurrió en la fiesta de las enramadas, que se celebra en el mes de Etanim.
4-5
Cuando llegaron todos los representantes de Israel, los sacerdotes y sus ayudantes tomaron el cofre y se lo llevaron al templo.
También llevaron el santuario y todos los utensilios dedicados al culto.
6
El rey Salomón y todos los israelitas allí reunidos se pararon frente al cofre, y le ofrecieron a Dios muchos toros y ovejas.
7
Después los sacerdotes llevaron el cofre del pacto de Dios hasta el fondo del templo, donde estaba el Lugar Santísimo, y lo pusieron bajo las alas de los dos grandes querubines.
8
Las alas extendidas de los querubines cubrían el cofre y las varas que servían para trasladarlo.
9
Estas varas eran tan largas que sus puntas se veían desde el Lugar Santo, que estaba frente al Lugar Santísimo.
Sin embargo, no podían verse desde afuera del templo.
Así se quedaron hasta el día en que se escribió este relato.
10
Lo único que había en el cofre eran las dos tablas de piedra con las leyes del pacto.
Esas leyes se las había dado Dios a los israelitas cuando salieron de Egipto.
Moisés las había puesto en el cofre cuando estuvo en el monte Horeb.


Dios llena el templo con su presencia (1 R 8.10-11)

11-13
Todos los sacerdotes allí presentes, sin importar el grupo al que pertenecían, habían cumplido con la ceremonia de preparación para poder presentarse ante Dios.
Por su parte, los cantores se ubicaron al lado este del altar.
Todos estaban de pie y vestidos de lino fino.
Entre ellos estaban Asaf, Hemán y Jedutún, con sus hijos y familiares.
Todos ellos tocaban platillos, arpas y otros instrumentos de cuerdas.
Junto a ellos había ciento veinte sacerdotes que tocaban las trompetas.
Todos juntos alababan y daban gracias a Dios con el canto que dice:
«Alaben a Dios, porque él es bueno,
y nunca dejará de amarnos».
Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, una nube llenó todo el templo.
Era la presencia de Dios,
14
y por eso los sacerdotes ya no pudieron quedarse para celebrar el culto.