Bienestar de Jerusalén

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Hubo un tiempo en que Jerusalén, la ciudad de Dios, disfrutaba de completa paz, y la gente obedecía las leyes de Dios.
Esto fue posible gracias a que Onías, el jefe de los sacerdotes, era un hombre que amaba a Dios y odiaba el mal.
2
Hasta los reyes se preocupaban por el templo y lo enriquecían con grandes regalos.
3
El mismo Seleuco, rey de Asia, se hacía cargo de todos los gastos necesarios para el culto en el templo.


Problemas entre Simón y Onías

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En ese tiempo Simón, de la tribu de Benjamín, era el sacerdote encargado del templo.
Simón se enojó con Onías, jefe de los sacerdotes, porque no estaba de acuerdo con la manera en que éste manejaba los negocios relacionados con el mercado de la ciudad.
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Como Simón no logró lo que quería, fue a hablar con Apolonio de Tarso, que era el jefe de los ejércitos de las regiones de Celesiria y Fenicia.
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Simón le contó a Apolonio que en el tesoro del templo de Jerusalén había tanto dinero que no se podía contar, y que sus riquezas eran enormes.
Además, le dijo que el rey debería quedarse con todo ese dinero, pues era mucho más de lo que se necesitaba para los gastos del culto.


Heliodoro y los tesoros del templo

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Apolonio fue y le contó al rey todo lo relacionado con las riquezas del templo.
Entonces, el rey le pidió a Heliodoro, que estaba a cargo de sus negocios, que fuera a Jerusalén y le trajera esas riquezas.
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Heliodoro salió inmediatamente, haciéndoles creer a todos que iba a visitar las ciudades en Celesiria y Fenicia, aunque en realidad iba a Jerusalén a cumplir las órdenes del rey.
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Cuando Heliodoro llegó a Jerusalén, Onías, el jefe de los sacerdotes de la ciudad, lo recibió como a un amigo.
Heliodoro le contó a Onías que venía a ver si era cierto lo que había dicho el sacerdote Simón acerca de los tesoros del templo.
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El jefe de los sacerdotes le explicó que el dinero guardado en el templo era de los huérfanos y de las viudas.
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También le dijo que todo ese dinero llegaba a trece mil doscientos kilos de plata y seis mil seiscientos kilos de oro, aunque una parte de esa riqueza pertenecía a Hircano, el hijo de Tobías, quien tenía un cargo muy importante.
Así le hizo ver que todo cuanto había dicho el malvado Simón era una mentira,
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y que sería muy injusto quitarles el dinero a las personas que lo habían dejado allí.
Esas personas confiaban en que el templo era un lugar sagrado y respetado por todo el mundo.
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A pesar de todo, Heliodoro tenía que cumplir con sus órdenes.
Por eso, insistió en que debía llevarle al rey todo ese dinero.


La angustia de Onías y el pueblo

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Cuando llegó el día en que Heliodoro iba a entrar en el templo para contar el dinero, toda la gente de la ciudad se llenó de angustia.
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Los sacerdotes, con sus ropas sacerdotales, oraban a Dios de rodillas delante del altar.
En sus oraciones le recordaban a Dios que él mismo había dado las leyes acerca del dinero depositado en el templo.
Por eso, le pedían que protegiera el dinero de la gente que lo había guardado allí.
16-17
Daba tristeza ver al jefe de los sacerdotes, pues temblaba de miedo, y su rostro estaba muy pálido.
Todos los que lo veían podían darse cuenta de su inmenso dolor.
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La gente de Jerusalén salía de sus casas y oraba por las calles en favor del templo, que estaba en peligro de no ser respetado.
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Las mujeres, para mostrar su dolor, se pusieron ropas sencillas y ásperas, y así andaban por las calles.
Las muchachas, que debían permanecer encerradas en sus casas, corrían espantadas hacia los portones de la ciudad o subían a las murallas, mientras que otras miraban por las ventanas.
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Pero todas, con las manos levantadas al cielo, oraban a Dios.
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Daba mucha pena ver a toda aquella gente confundida y tendida por el suelo.
De igual manera, conmovía ver al jefe de los sacerdotes lleno de dolor.


Dios salva a su pueblo

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Mientras todo el pueblo le rogaba al Dios todopoderoso que protegiera el dinero del templo,
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Heliodoro se preparó para llevar a cabo su plan.
24-25
Entró en el templo con sus acompañantes, y todos ellos se colocaron junto a los tesoros.
Pero en ese momento Dios, que es el Dios de todos los espíritus y de todo poder, se manifestó de una manera asombrosa: Un jinete terrible, vestido con una armadura de oro, y montado sobre un caballo lleno de adornos preciosos, se apareció en el lugar.
Al verlo, todos los que se atrevieron a entrar al templo quedaron paralizados de miedo, y perdieron las fuerzas.
El caballo se lanzó contra Heliodoro y lo atacó con sus patas delanteras.
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Luego aparecieron dos jóvenes muy fuertes, hermosos y bien vestidos, que se pusieron junto a Heliodoro, uno a cada lado, y le dieron una tremenda paliza.
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Heliodoro cayó de inmediato al suelo, y no podía ver nada.
Los que lo acompañaban tuvieron que levantarlo y ponerlo en una camilla.
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Así Heliodoro, que había llegado hasta el tesoro lleno de orgullo y acompañado con muchos soldados, tuvo que irse con las manos vacías, y sin fuerzas para caminar solo.
¡Todos reconocieron el poder de Dios!
29
Al ver el poder de Dios, Heliodoro se quedó mudo y al borde de la muerte.
30
Los judíos alabaron a Dios porque se había manifestado de manera tan poderosa en el templo.
Fue así como Dios hizo que la tristeza y el miedo se cambiaran en gozo y alegría.


Heliodoro reconoce el gran poder de Dios

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Algunos de los compañeros de Heliodoro fueron enseguida a donde estaba el sacerdote Onías, y le suplicaron que le pidiera al Dios altísimo que sanara a Heliodoro, pues se estaba muriendo.
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Onías tenía miedo de que el rey fuera a pensar que los judíos eran los culpables de lo que le había pasado a Heliodoro.
Por eso presentó una ofrenda a Dios, para pedirle por la salud de Heliodoro.
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Y mientras Onías presentaba la ofrenda por el perdón de los pecados, se aparecieron nuevamente los jóvenes que habían golpeado a Heliodoro, y le dijeron a éste: «Debes estar muy agradecido con Onías, el jefe de los sacerdotes, pues debido a su oración Dios te permite seguir viviendo.
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Ahora tú, que has recibido el castigo del Dios del cielo, cuéntales a todos del gran poder de Dios».
Y apenas terminaron de decirle esto, los jóvenes desaparecieron.
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Entonces Heliodoro le presentó a Dios una ofrenda y le hizo muchas promesas, porque lo había sanado.
Después se despidió de Onías y regresó con su ejército a donde estaba el rey.
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Y a partir de aquel momento, daba testimonio ante la gente de las grandes y poderosas obras del Dios altísimo, que él había visto con sus propios ojos.
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Cuando el rey le preguntó a Heliodoro quién otro podía ser enviado de nuevo a Jerusalén, Heliodoro le contestó:
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«Su Majestad debe mandar a alguien que esté en contra de usted, porque si acaso regresa vivo, vendrá muy mal herido.
Le aseguro que ese lugar está rodeado por el gran poder de Dios.
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El Dios del cielo protege ese templo, y matará a golpes a todo el que intente hacerle daño».
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Esto fue lo que le pasó a Heliodoro, y así el tesoro del templo se salvó.