Ananías y Safira

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Algo muy diferente pasó con un hombre llamado Ananías.
Este hombre y su esposa, que se llamaba Safira, se pusieron de acuerdo y vendieron un terreno,
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pero se quedaron con parte del dinero de la venta.
El resto se lo entregaron a los apóstoles.
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Entonces Pedro le dijo a Ananías:
—¿Por qué le hiciste caso a Satanás? Creíste que podrías engañar al Espíritu Santo, y te quedaste con parte del dinero.
4
Antes de vender el terreno, era todo tuyo y de tu esposa.
Y cuando lo vendiste, todo el dinero también era de ustedes.
¿Por qué lo hiciste? No nos has mentido a nosotros, sino a Dios.
5-6
Al oír esto, Ananías cayó muerto allí mismo.
Entonces unos muchachos envolvieron el cuerpo de Ananías y lo llevaron a enterrar.
Y todos los que estaban en ese lugar sintieron mucho miedo.
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Como tres horas más tarde llegó Safira, sin saber lo que había pasado.
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Entonces Pedro le preguntó:
Dime, ¿vendieron ustedes el terreno en este precio?
Así es —respondió ella—.
Ése fue el precio.
Entonces Pedro le dijo:
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—¿Por qué se pusieron de acuerdo para engañar al Espíritu del Señor? Mira, ahí vienen los muchachos que acaban de enterrar a tu esposo, y ellos mismos te enterrarán a ti.
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Al instante, Safira cayó muerta, así que los muchachos entraron y se la llevaron para enterrarla junto a su esposo.
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Todos los que pertenecían a la iglesia, y todos los que se enteraron de lo sucedido, sintieron mucho miedo.


Dios hace cosas maravillosas

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Por medio de los apóstoles, Dios seguía haciendo milagros y señales maravillosas entre la gente.
Todos los días, los seguidores de Jesús se reunían en el Portón de Salomón,
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y aunque los que no eran del grupo no se atrevían a acercarse, todo el mundo los respetaba y hablaba bien de ellos.
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Cada día se agregaban al grupo más hombres y mujeres que creían en Jesús.
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La gente sacaba a los enfermos en camas y en camillas, y los ponía en las calles por donde Pedro iba a pasar, con la esperanza de que por lo menos su sombra cayera sobre alguno y lo sanara.
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Mucha gente de los pueblos cercanos a Jerusalén también llevaba enfermos y gente con espíritus malos, y todos eran sanados.


Los apóstoles y la Junta Suprema

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El jefe de los sacerdotes y todos los saduceos que lo acompañaban sintieron mucha envidia de los apóstoles.
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Por eso mandaron que los arrestaran y los pusieran en la cárcel de la ciudad.
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Pero en la noche un ángel del Señor se les apareció, abrió las puertas de la cárcel, y los liberó.
Luego les dijo:
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«Vayan al templo y compartan con la gente el mensaje de salvación
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Ya estaba por amanecer cuando los apóstoles llegaron frente al templo y empezaron a hablarle a la gente.
Mientras tanto, el jefe de los sacerdotes y sus ayudantes reunieron a toda la Junta Suprema y a los líderes del pueblo.
Después mandaron traer a los apóstoles,
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pero los guardias llegaron a la cárcel y no los encontraron.
Así que regresaron y dijeron:
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«La cárcel estaba bien cerrada, y los soldados vigilaban las entradas, pero cuando abrimos la celda no encontramos a nadie
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Cuando el jefe de los guardias del templo y los sacerdotes principales oyeron eso, no sabían qué pensar, y ni siquiera podían imaginarse lo que había sucedido.
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De pronto, llegó alguien y dijo: «¡Los hombres que ustedes encerraron en la cárcel están frente al templo, hablándole a la gente
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Entonces el jefe de los guardias y sus ayudantes fueron y arrestaron de nuevo a los apóstoles;
pero no los maltrataron, porque tenían miedo de que la gente se enojara y los apedreara.
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Cuando llegaron ante la Junta Suprema, el jefe de los sacerdotes les dijo:
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—Ya les habíamos advertido que no enseñaran más acerca de ese hombre Jesús, pero no nos obedecieron.
A todos en Jerusalén les han hablado de Jesús, y hasta nos acusan a nosotros de haberlo matado.
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Pedro y los demás apóstoles respondieron:
Nosotros primero obedecemos a Dios, y después a los humanos.
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Ustedes mataron a Jesús en una cruz, pero el Dios a quien adoraron nuestros antepasados lo resucitó.
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Dios ha hecho que Jesús se siente a la derecha de su trono, y lo ha nombrado Jefe y Salvador, para que el pueblo de Israel deje de pecar y Dios le perdone sus pecados.
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Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo.
Porque Dios da su Espíritu Santo a todos los que lo obedecen.


Un buen consejo

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La Junta Suprema los escuchó, y sus miembros se enojaron tanto que querían matarlos.
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Pero un fariseo llamado Gamaliel ordenó que sacaran a los apóstoles por un momento.
Gamaliel era maestro de la Ley, y los judíos lo respetaban mucho,
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así que les dijo a sus compañeros:
Israelitas, piensen bien lo que van a hacer con estos hombres.
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Recuerden que hace algún tiempo apareció un hombre llamado Teudas, quien se creía muy importante, y como cuatrocientos hombres creyeron en él.
Luego alguien lo mató, y todos sus seguidores huyeron, y no se volvió a hablar de él.
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Después apareció un tal Judas, de la región de Galilea, y muchos le hicieron caso.
Eso fue en los días en que se estaba haciendo la lista de todos los habitantes de Israel.
A ése también lo mataron, y sus seguidores huyeron.
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»En este caso, yo les aconsejo que dejen en libertad a estos hombres, y que no se preocupen.
Si lo que están haciendo lo planearon ellos mismos, esto no durará mucho.
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Pero si es un plan de Dios, nada ni nadie podrá detenerlos, y ustedes se encontrarán luchando contra Dios
A todos les pareció bueno el consejo,
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así que enseguida mandaron traer a los apóstoles, y ordenaron que los azotaran en la espalda con un látigo.
Luego les prohibieron hablar de Jesús, y los dejaron en libertad.
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Y los apóstoles salieron de allí muy contentos, porque Dios les había permitido sufrir por obedecer a Jesús.
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Los seguidores de Jesús iban al templo todos los días, y también se reunían en las casas.
Los apóstoles, por su parte, no dejaban de enseñar y de anunciar la buena noticia acerca de Jesús, el rey elegido por Dios.