1
»Ciudad de Jerusalén,
quítate esa ropa de luto;
aleja tu tristeza y amargura.
¡Vístete para siempre
con el poder que Dios te da!
2
Que la justicia de Dios
te cubra como un manto,
y que el poder de Dios
sea la corona de tu cabeza.
3
Dios mismo mostrará
tu grandeza y esplendor,
y todo el mundo lo verá.
4
Dios te dará un nuevo nombre,
y para siempre te llamarán:
“Paz en la justicia,
y poder en el servicio”.
5
»Jerusalén, ponte de pie,
sube a la colina más alta,
mira hacia donde sale el sol,
y contempla a tus habitantes.
El Dios todopoderoso
los ha reunido y llamado
de todas las naciones del mundo.
Vienen llenos de alegría,
porque Dios les ha dado libertad.
6
»Sus enemigos los tomaron presos,
y se los llevaron a pie;
pero Dios traerá a tus habitantes
en carruajes de reyes.
7
Dios mismo ha dado la orden
de aplanar montañas y colinas,
y de rellenar todos los valles,
hasta que la tierra quede pareja.
Así tus habitantes,
guiados por Dios mismo,
no encontrarán ningún tropiezo.
8
Dios también ha ordenado
que los árboles aromáticos
den su sombra a los israelitas.
9
Dios guiará a su pueblo con alegría,
y los protegerá con su poder,
con su amor y su justicia».