La lengua

1
Hermanos en Cristo, no debemos tratar de ser todos maestros, pues bien sabemos que Dios juzgará a los maestros más estrictamente que a los demás.
2
Todos cometemos muchas faltas.
¿Quién, entonces, es una persona madura? Sólo quien es capaz de dominar su lengua y de dominarse a sí mismo.
3
Al caballo podemos dominarlo, y hacer que nos obedezca, si le ponemos un freno en la boca.
4
Algo parecido pasa con los barcos.
Por grande que sea un barco, y por fuertes que sean los vientos que lo empujan, el navegante puede controlarlo con un timón muy pequeño.
5
Y lo mismo pasa con nuestra lengua.
Es una de las partes más pequeñas de nuestro cuerpo, pero es capaz de hacer grandes cosas.
¡Es una llama pequeña que puede incendiar todo un bosque!
6
Las palabras que decimos con nuestra lengua son como el fuego.
Nuestra lengua tiene mucho poder para hacer el mal.
Puede echar a perder toda nuestra vida, y hacer que nos quememos en el infierno.
7
Podemos dominar toda clase de animales salvajes, de aves, serpientes y animales del mar,
8
pero no hemos podido controlar nuestra lengua ni evitar decir palabras que dañen.
La lengua parece un animal salvaje, que nadie puede dominar y que está lleno de veneno mortal.
9-10
Con nuestra lengua podemos bendecir o maldecir.
Con ella alabamos a nuestro Dios y Padre, y también insultamos a nuestros semejantes, que Dios hizo parecidos a él mismo.
Hermanos, ¡esto no debe ser así!
11
De un mismo pozo no puede salir agua dulce y agua amarga o salada.
12
Tampoco da higos un árbol de aceitunas, ni da uvas un árbol de higos.


La sabiduría que Dios da

13
Si alguno de ustedes es sabio y entendido, demuéstrelo haciendo el bien y portándose con humildad.
14
Pero si ustedes lo hacen todo por envidia o por celos, vivirán tristes y amargados;
no tendrán nada de qué sentirse orgullosos, y faltarán a la verdad.
15
Porque esa sabiduría no viene de Dios, sino que es de este mundo y del demonio,
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y produce celos, peleas, problemas y todo tipo de maldad.
17
En cambio, los que tienen la sabiduría que viene de Dios, no hacen lo malo;
al contrario, buscan la paz, son obedientes y amables con los demás, se compadecen de los que sufren, y siempre hacen lo bueno;
tratan a todos de la misma manera, y son verdaderos cristianos.
18
A los que buscan la paz entre las personas, Dios los premiará dándoles paz y justicia.