Jeremías recibe amenazas de muerte

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Cuando Joacín, hijo de Josías comenzó a reinar sobre Judá, Dios le habló a Jeremías en Jerusalén, y le dijo:
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«Ve al patio de mi templo.
Quiero que hables con la gente de toda Judá que viene a adorarme.
Comunícales todo lo que te voy a decir.
3
Si te hacen caso y dejan de hacer lo malo, entonces ya no los castigaré como había pensado hacerlo.
4
Y éste es el mensaje que debes darles:
Ustedes no me obedecieron ni siguieron las enseñanzas que les di
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por medio de mis profetas.
Una y otra vez los he enviado para hablar con ustedes, pero no han querido escucharlos.
6
Por eso, así como destruí el santuario de Siló, también destruiré el templo de Jerusalén, y esta ciudad será objeto de burla y de insulto”».
7-9
Jeremías anunció este mensaje en el templo de Dios, y lo escucharon los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo.
Pero tan pronto como terminó de anunciarlo, todos los que estaban allí se lanzaron contra él y lo apresaron, y amenazantes le dijeron:
«¡Esto te va a costar la vida! ¿Cómo te atreves a hablar en el nombre de Dios, y decir que este templo será destruido como el santuario de Siló? ¿Cómo te atreves a decir que Jerusalén será destruida, y que se quedará sin habitantes
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Cuando los jefes de Judá supieron lo que había pasado, salieron del palacio del rey y fueron hasta la Puerta Nueva del templo.
Al llegar allí, se sentaron,
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y entonces los sacerdotes y los profetas dijeron a los jefes y a toda la gente: «¡Este tipo merece la muerte! ¡Ustedes mismos lo han oído decir que esta ciudad va a ser destruida
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Pero Jeremías, dirigiéndose a los jefes y a todo el pueblo, dijo:
«Lo que he dicho contra el templo y contra Jerusalén, Dios mismo me mandó a anunciarlo.
13
Así que más les vale obedecer a nuestro Dios, y mejorar su conducta.
Si en verdad lo hacen así, Dios ya no los castigará.
14
Yo estoy en las manos de ustedes, y pueden hacer conmigo lo que les parezca.
15
Pero si me matan, ustedes, jefes y pueblo, serán los culpables de haber matado a un inocente.
Lo cierto es que Dios me mandó a darles este mensaje».
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Los jefes y la gente del pueblo les dijeron a los sacerdotes y a los profetas: «No hay razón para matar a este hombre;
lo único que hizo fue darnos el mensaje que recibió de nuestro Dios».
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Entonces algunos jefes se levantaron y les dijeron a los que estaban allí reunidos:
18
«Cuando Ezequías era el rey de Judá, el profeta Miqueas de Moréset habló de parte de Dios y le anunció al pueblo de Judá este mensaje:
“La ciudad de Jerusalén será destruida;
quedará hecha un montón de ruinas.
Y en el monte de Sión,
donde se levanta el templo,
sólo crecerán matorrales”.
19
»Y aunque Miqueas dijo esto, no lo mataron.
Al contrario, el rey y el pueblo se humillaron ante Dios, y él los perdonó.
Pero si nosotros matamos a Jeremías, Dios nos castigará».
20
Además de Jeremías, el profeta Urías hijo de Semaías, que era del pueblo de Quiriat-jearim, habló en contra de Jerusalén y del país.
21
Y como el rey Joacín y sus jefes y asistentes oyeron la denuncia del profeta, el rey intentó matarlo.
Cuando Urías se enteró de los planes del rey Joacín, tuvo miedo y huyó a Egipto.
22
Pero el rey envió a Elnatán hijo de Acbor y a otros hombres, para que buscaran a Urías.
23
Cuando lo encontraron, lo trajeron ante el rey.
Entonces el rey mandó que mataran al profeta y que arrojaran su cadáver a una fosa en donde echaban muertos.
24
Sin embargo, Jeremías contó con la protección de un hombre importante llamado Ahicam hijo de Safán.
Por eso no fue entregado al pueblo y se libró de que lo mataran.