La muerte de Juan el Bautista

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En aquel tiempo, Herodes Antipas era gobernador de Galilea.
Y cuando supo lo que la gente decía acerca de Jesús,
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un día les dijo a sus asistentes: «En realidad, ese Jesús es Juan el Bautista, que ha vuelto a vivir.
Por eso tiene poder para hacer milagros».
3-4
Tiempo atrás, Juan el Bautista le había dicho a Herodes: «¡Lo que has hecho no está bien! Herodías es la esposa de tu hermano Filipo, y tú se la quitaste para casarte con ella».
Entonces Herodes se enojó contra Juan, y ordenó que lo arrestaran, lo encadenaran y lo pusieran en la cárcel.
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Herodes quería matar a Juan.
Pero no se atrevía a matarlo porque le tenía miedo a la gente, pues muchos creían que Juan era un profeta.
6
Cuando Herodes celebró su cumpleaños, la hija de Herodías bailó delante de los invitados.
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A Herodes le gustó mucho el baile de la muchacha.
Por eso prometió darle lo que ella le pidiera.
8
Herodías escuchó eso, y convenció a su hija de que le pidiera a Herodes la cabeza de Juan el Bautista.
9
Al oír esto, Herodes se puso muy triste, pues había prometido darle todo lo que ella le pidiera, y no podía romper una promesa hecha delante de sus invitados.
Así que no tuvo más remedio, y ordenó a sus sirvientes que le dieran a la muchacha lo que pedía.
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Entonces los sirvientes fueron a la cárcel y le cortaron la cabeza a Juan,
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la pusieron en un plato, y se la llevaron a la muchacha.
Ella se la entregó a su madre.
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Los discípulos de Juan pasaron a recoger el cuerpo de su maestro y lo enterraron.
Después, fueron y le contaron a Jesús lo que había sucedido.


Jesús da de comer a mucha gente

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Cuando Jesús oyó lo que le habían hecho a Juan el Bautista, subió a una barca y se fue a donde pudiera estar solo.
Cuando la gente de los pueblos cercanos supo que Jesús se iba, lo siguió por tierra.
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Jesús bajó de la barca y vio que allí había una gran cantidad de gente.
Entonces tuvo compasión de ellos y sanó a todos los que estaban enfermos.
15
Cuando ya empezaba a atardecer, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron:
Éste es un lugar solitario, y se está haciendo tarde.
Dile a la gente que se vaya a los pueblos y compre su comida.
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Jesús les contestó:
—No tienen que irse.
Denles ustedes de comer.
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Los discípulos respondieron:
Pero no tenemos más que cinco panes y dos pescados.
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Jesús les dijo:
Tráiganlos aquí.
19
Luego de ordenar que la gente se sentara sobre la hierba, Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y dio gracias a Dios.
Después partió los panes y se los dio a los discípulos, para que ellos los repartieran a la gente.
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Todos comieron hasta quedar satisfechos.
Y cuando los discípulos recogieron los pedazos que sobraron, llenaron doce canastas.
21
Los que comieron fueron como cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños.


Jesús camina sobre el agua

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Después de esto, Jesús ordenó a los discípulos: «Suban a la barca y vayan a la otra orilla del lago.
Yo me quedaré aquí para despedir a la gente, y los alcanzaré más tarde
23
Cuando toda la gente se había ido, Jesús subió solo a un cerro para orar.
Allí estuvo orando hasta que anocheció.
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Mientras tanto, la barca ya se había alejado bastante de la orilla;
navegaba contra el viento y las olas la golpeaban con mucha fuerza.
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Todavía estaba oscuro cuando Jesús se acercó a la barca.
Iba caminando sobre el agua.
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Los discípulos lo vieron, pero no lo reconocieron.
Llenos de miedo, gritaron:
—¡Un fantasma! ¡Un fantasma!
27
Enseguida Jesús les dijo:
—¡Cálmense! ¡Soy yo! ¡No tengan miedo!
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Entonces Pedro le respondió:
Señor, si realmente eres tú, ordena que yo camine también sobre el agua y vaya hasta dondeestás.
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Y Jesús le dijo:
—¡Ven!
De inmediato Pedro bajó de la barca.
Caminó sobre el agua y fue hacia Jesús.
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Pero cuando sintió la fuerza del viento, tuvo miedo.
Allí mismo empezó a hundirse, y gritó:
—¡Señor, sálvame!
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Entonces Jesús extendió su brazo, agarró a Pedro y le dijo:
Pedro, tú confías muy poco en mí.
¿Por qué dudaste?
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En cuanto los dos subieron a la barca, el viento dejó de soplar.
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Todos los que estaban en la barca se arrodillaron ante Jesús y le dijeron:
—¡Es verdad, tú eres el Hijo de Dios!


Jesús sana a los enfermos en Genesaret

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Jesús y sus discípulos cruzaron el lago hasta llegar al pueblo de Genesaret.
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Cuando los del pueblo reconocieron a Jesús, dieron aviso por toda la región.
Entonces la gente llevó a los enfermos a donde estaba Jesús,
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y le rogaban que al menos los dejara tocar el borde de su manto.
¡Y todos los enfermos que tocaron el manto de Jesús quedaron sanos!